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Como bien sentencia Pedro G. Romero, en el ecosistema actual del flamenco no existe nada que se compare al fenómeno de María Marín. No busquen aquí apellidos heredados ni el rancio blindaje de las sagas familiares; lo que ofrece esta utrerana es flamenco puro, antes y después del flamenco. Inmersa en la arquitectura de la guitarra desde los siete años, Marín es una intérprete de una sofisticación técnica apabullante, formada en conservatorios exigentes y curtida en alianzas con tótems como Carles Benavent, Tomatito o Javier Colina. Su presencia en la compañía de Israel Galván es la prueba de su estatus: una artista que entiende el cante desde la corporalidad y el movimiento. Su álbum «Las Tres Marías» es una cartografía sonora que actualiza los gestos de la tradición para situarlos en una linde única donde el toque clásico se funde con figuras de vanguardia, construyendo un nuevo canon.